Es bastante generalizado que un ACV (accidente cerebrovascular) se caracteriza por una brusca interrupción del flujo sanguíneo al cerebro y que un infarto es la muerte de tejido generalmente por obstrucción de la irrigación o ausencia de oxigeno.
Resulta que en los últimos escasos y poco más de treinta día, mi padre sufrió un ACV y mi madre un infarto óseo en la rodilla.
Quizás eso es lo que me hace recordar la cantidad de velitas que han soplado o de lo amarillo de las hojas de sus dni´s .
El andar por la casa ma-paterna más seguido me muestra lo grande que es la casa, lo difícil que es calentarla solo con la jubilación y el eco que hacen nuestras voces en esos ambientes poco habitados.
Vivo un momento donde en forma increíblemente paralela una parte de mis convivientes no paran de crecer , hacer, proyectar, estudiar, alimentar, crear y actuar y la otra que va buscando el como parar, como cerrar, como digerir y piensa en quien dejar.
Vejez y adolescencia.
Y la bienaventuranza de estar joven, amar y sentirme amado, cuidado y acompañado. Además de la gran red de quienes siempre están cerca.
Estar en paz, o esa sensación de calma después de algunas batallas; me permiten circular con cierta apacibilidad el vaivén abrupto por momentos y descendiente por otros.
Colaborar, gestionar, provocar, invitar a que generemos ese flujo necesario para oxigenar los tejidos parte de este organismo. El cuerpo, la casa, los amados, los amigos, los cercanos.
Pienso y no dejo de repetirme reflexionando mil veces de lo tantísimo que necesitamos del abrazo, cálido, cercano, del mimo, la caricia; que no es ni más ni menos que la constatación de la existencia de otro.
Gran parte de la recuperación de mis viejos viene siendo por medio de “masajes” o kinesiología; que en mi interpretación son algo así como unos mimos profesionales.
Necesito agradecerle a mis hermosos hijos, mi compañera eterna, mis sobrinas todas, mis primitos, los hijos de mis amigos y tantos otras y otros por permitirme ensayar en post del master de kinesiología o masoterapia casera.
Debo (y aquí lo hago) de pedirles que insistan, porque cada tanto me escapo a esas clases, aún cuando se que las necesito cuando veo la pérdida de fuerza o la dificultad para expresarse o caminar, en mis viejos, mis nuevos y en mi espejo.
Voy incluyendo la idea de interrupción del flujo, como parte del vivir y van muriendo algunas creencias en mi y en mi entorno.
Claro que tengo miedo y que a veces ando triste.
Contarlo no me libera, porque no me pienso preso.
Contarlo me acerca y eso es lo que quise.