Entre papeles que revuelan sobre la plaza, quedan rastros de la arenga otrora femenina de ayer por la tarde.
Cercos de alambre, alineados, que esperan agazapados detrás del azul que parece conmemora el sombrío verde. Y un recuerdo que no se muda de esta plaza.
Palomas, algún perro y un atado de pibes se disputan los restos de un festejo. Lisonja.
Y un viento permanente, inusual; parece quisiera amontonarnos.
Las columnas, los pórticos, las fachadas; dan lugar al arremolinado baile de residuos que aun duran.
De a ratos remolino ascendente cual cadena de ADN de papeles abollados.
Caos del desorden, fétida presencia, miseria constructiva. ADN.
A metros rosadas sabanas que se estiran, pareo que cubre. Dualidad egoísta.
Protagonismo de almohadas, mesas de luz, mil cajones.
Pisos de mármol, peatonal adoquinada, plaza bacheada y calles de un solo sentido.
Reflejo o mandato, del paso que andamos.
Muy cerca casas tomadas, pies descalzos, caras lavadas.
Mano extendida, ceño fruncido, cajas blindadas.
Y una sola efímera frecuencia que se vuelve a escuchar.
Renovación de promesas, bodas de frutas y flores, cuatro años.
Vanidad y acumulación de proyectos, ilusiones radiales.
Mensajes en cadena. Atados al mensaje.
Onda sonora que no alcanza al interior de los baches, los rincones arremolinados, las moradas precarias, los cayos obreros.
Y más allá también, donde lo que vuela es polvo y no papeles.
Donde los dípteros son columnas y la espera es vertebral.
Un pallet es el escenario y un equino la autopista.
Esta tarde nuevamente, llegaran. Entraremos.
Salpicados de barro, oliendo el smock, descalzos, arqueros, muñecos.
Sin silbato, y siempre en amarillo, vuelve el juego.
Como ayer, como siempre.
Sin más arbitro que el estomago ni mas arcos que cerrar los ojos en tibia calma.
Amor de patio escolar, casas tibias, madre a leña.
Y el embriago de luces que prenden y apagan.
Apuremos, ahí vienen las fiestas.
Grito de gol sin pelota.
Asunción.